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Originally posted 2017-01-01 12:53:01.

pablotrunp

By: Félix Álvarez Palleiro. @Felisuco_

Andaba uno a lo suyo. A prestar atención, a escuchar voces sabias, a leer y estudiar leyes, decretos y directivas sobre asuntos culturales que deberé tratar. A empaparme de las experiencias ajenas, a parasitar conocimientos parlamentarios de mis compañeros de camada. A pasar desapercibido, que ya tendrá uno que dar la cara cuando toque y se posarán sobre mí más ojos maliciosos que buenas intenciones, y a esperar pacientemente que se difuminara la anécdota en la que me convertí en el inicio de esta legislatura que parece que comienza a caminar. Andaba a lo mío. Callado, prudente, casi irreconocible. Y en eso, Donald Trump, llegaba a la presidencia de Estados Unidos. Contra casi toda la poderosa maquinaria mediática del Imperio Yanqui, contra casi toda la influyente y firme posición pública de los artistas norteamericanos, contra el Papa, Sánchez, Iceta… Contra casi toda la intelectualidad y gente amante del progreso de casi todo el planeta. Contra casi todo su partido. Contra casi todo. Casi…

Definir el populismo, a estas alturas de siglo, puede considerarse toda una osadía. Nada tiene que ver con aquella ola antiintelectualista, surgida en Rusia en la década de 1870, según la cual los militantes socialistas tenían que aprender del pueblo antes de proclamarse como sus guías. Ni tampoco se aproxima al término político, acuñado en el sur y el este de Estados Unidos en 1891, que se utilizó para referirse al People’s Party (Partido del Pueblo) y que fue apoyado por los granjeros pobres de ideas progresistas. He aquí, pues, mientras andaba a lo mío, unas reflexiones mucho más mundanas del populismo que habita entre nosotros.

El populismo es emocional, palpable, simple y ofensivo. Dramático. El populismo es amplificar los problemas existentes, que son muchos y persistentes, y generalizar el dolor ya de por sí extendido. Confundir España y sus penumbras con Burundi y sus miserias. Trasladar a los ciudadanos helenos un referéndum sobre las condiciones de la Troika y poner en un brete a la viejecita del yogur griego, la del “jorroña que jorroña”, para luego claudicar ante la tozuda realidad y bajar un 30% las pensiones después de haber prometido la luna. El populismo se alimenta de la rabia de la gente harta de hartarse, engorda con las grasas saturadas de un sistema que tiene las arterias obstruidas por el colesterol de la ambición desmedida y de la corrupción galopante; y revienta, en nombre del pueblo, contra aquellos que no la aplauden ni la toleran, convirtiéndoles, irremediablemente, en enemigos a los que señalar. El populismo es concentración, nacionalismo, y convierte a los ciudadanos en inquilinos de su terruño con derecho a compra.

El populismo no es un fin, es la herramienta, es el camino al poder; y una vez conseguido, incumplir lo que se prometió y se blasfemó; o aún peor, sacar a la luz los planes que se escondieron y amagaron para romper con todo lo establecido: lo que estaba mal, regular y hasta lo que estaba bien, y acercarnos, como nos repite la historia una y otra vez, al declive y a la decadencia, cuando no al horror. El populismo es asegurar que tienes la varita mágica que da soluciones con sólo moverla al compás de un abracadabra. Prometer que la jubilación nos llegará a los sesenta años, asegurar que los medios de comunicación libres atentan contra la democracia, sacar a España de Europa y dejarla indefensa fuera de la OTAN. Y levantar un muro en la frontera de México, y agarrar a las mujeres por salva sea la parte o azotarlas en las nalgas hasta hacerlas sangrar, y que no pase nada. El populismo es ser un hijo de papá, nadar en la abundancia, que te den una beca, una hipoteca, un piso de protección oficial y que cuando te pillen con el carrito de los helados, hacerte el incrédulo, poner cara de bueno y siga sin pasar nada. El populismo es rebajar el IRPF buscando réditos electorales, aunque las cuentas no salgan.

El populista asegura que puede disparar a un viandante en la Quinta Avenida y que la gente le seguirá votando. Superioridad moral. O puede subir a una tribuna a hacer el ridículo, mezclando la Cruz de Borgoña con los gudaris, e invitarte a que lo busques en Google para dar consistencia a la torpeza. Superioridad intelectual. Va de malote, de mártir capaz de dejarse arder en la hoguera por acabar con los ricos, con los poderosos, con la casta… Al populista le vota la gente, a los demás les votan los unicornios, los duendes y las hadas del bosque. Y a veces, los populistas, son muy diferentes. Vienen de extremos opuestos, se tocan, se manosean, bailan pegados cachete con cachete y cuando consiguen su objetivo, sólo cuando lo consiguen, salen repelidos hasta sus posiciones iniciales.

Andaba yo a lo mío, a trabajar por mejorar la vida de la gente. Andaba yo, con los míos, a regenerar la democracia, a reformar este país, a hacerle más justo y proporcional. Es menos emocionante que el populismo, menos atractivo para el que anda cabreado. Quizás nos falte ese punto de esnobismo que tanto aprecian aquellos que se dieron cuenta tarde de que la vida, aunque les vaya bien, no es lo que esperaban. Seguiré a lo mío. Con los míos. Buscando nuevos lenguajes que emocionen, persiguiendo respuestas que solucionen, procurando justicia más allá del pedigrí, incluyendo, abriendo los brazos y no cerrando los puños. En definitiva, en estos tiempos malos para la lírica y proclives a la canción del verano, trabajando desde el posibilismo para crecer y avanzar. Lo dicho, seguiré a lo mío.